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Investigación
Cuando la opción es el divorcio.
En Investigación (Edición 14)

Isabel tiene 47 años y dos hijos adolescentes. Trabaja como secretaria en una empresa que comercializa computadoras en Cancún desde que inició actividades hace 15 años. Se ha separado de su esposo tras 20 años de matrimonio. “Me casé enamorada y pensando que lo nuestro sería para siempre. A pesar de los problemas, nunca pensé en dejarlo; él pidió la separación. Ahora me alegro, porque yo podía soportar nuestra mala relación, pero me resultaba imposible aguantar los problemas entre él y los muchachos”, señaló.
Separarse le ha permitido a Isabel dedicar tiempo a actividades que antes no hacía tan seguido como ir al cine y salir a jugar cartas con sus amigas. La semana pasada se inscribió en una escuela de música para tomar clases de piano, un sueño que tuvo desde su niñez.
“Trato de hacer cosas que me gustan, pues también hay momentos en los que me siento sola y me entristece saber que la relación con mi pareja no funcionó. Sin embargo, la vida sigue y tengo dos hijos que le dan sentido a mi existencia”.

El mito del amor eterno
Según el Dr. Rodolfo Ladaga, terapeuta de parejas que fue entrevistado para un estudio sobre el divorcio por Rosa González, la idea del amor eterno es un mito que se hace creencia encarnada en uno mismo. El hecho de que se produzca la separación implica para muchas personas encontrarse con la finitud, con la muerte, algo que había quedado negado por esa especie de burbuja que crea la pareja, dejando fuera la idea del fin. Y es que la idea de la eternidad intrínseca del amor resulta el más falaz de sus rasgos poéticos. Las plantas, los animales, los seres humanos viven bajo una limitación: nacer, crecer y morir. Nadie cuenta con este hecho cuando se enamora como si los sentimientos frente al otro fueran inmortales. Pueden pasar 20 años de aburrimiento o sufrimiento, o ambas cosas a la vez hasta que ya no quede ni una gota de oxígeno en la burbuja amorosa.
Son varios los factores que contribuyen para que una mujer continúe dentro de una relación que ya no le satisface. Arropada en el miedo que provoca la pérdida de estatus, el escándalo de la separación a nivel familiar y social, y el sentido de protección mal entendido frente a los hijos, se puede pasar la mitad de su vida soportando, inclusive agresiones físicas y psicológicas, con una periodicidad escalofriante.
Carmen es ama de casa y tiene 55 años. Firmó los papeles de su divorcio hace siete meses al enterarse que su marido, de la misma edad que ella, mantenía una relación con otra mujer 20 años más joven.
“El proceso de divorcio fue doloroso porque mi plan de vida estaba sustentado en un matrimonio para siempre. Con esta idea crecí y, a pesar de las exigencias y de algunos malos tratos por parte de mi esposo, yo no quería divorciarme. Todavía me parece injusto que después de años de convivencia, él haya llegado una tarde a la casa para decirme que se había enamorado de otra persona”.
Aunque dolida, Carmen busca explicaciones. Según ella, es más corriente de lo que parece que a los casi 60 años un hombre vuelva a enamorarse y deje a su esposa. Atraviesa una crisis bajo el lema "es mi última oportunidad". Ha llegado a la cumbre laboral, los hijos están criados, hay quien ha visto pasar de cerca la muerte por infarto, etc. Se da cuenta de que lleva la vida entera con la misma mujer, entre acomodaticia y aburrida. El discurso viene a ser: “he cumplido con todos. Ahora me toca a mí”. Y se va.
Desde la perspectiva de la abogada Sonia Oliva, la aparición de una tercera persona es en muchos casos, motivo de separación y divorcio: él o ella se enamoran de otro. A veces se da en relaciones deterioradas que se han ido alargando en función de los hijos. Son como bombas: la aparición de terceros actúa como detonante.
Pero, ¿cómo reacciona la mujer abandonada tras varios años de matrimonio? Salimos mejor adelante las mujeres que trabajamos -afirma de manera contundente Isabel. “El trabajo te permite seguir sintiéndote alguien, te proporciona independencia económica y te impide perder el tiempo en casa llorando tu triste caso. La mujer que trabaja está más entrenada para enfrentarse con los hechos y buscar soluciones”.

Hombres abandonados
Algunos estudios sobre el tema del divorcio señalan que el enfrentamiento con la soledad hoy en día es infinitamente más traumático para el hombre que para la mujer. Ella aspira a un cierto lugar de soledad para hacer un balance de su historia, valorar sus deseos, revisar sus intereses y vivir otra relación estable sólo después de varios años de separación o divorcio.
Sin embargo, el abandono no es una exclusiva masculina. También las mujeres se van y es otra la perspectiva del trauma que provoca en los hombres la separación. Así lo afirma Carlos, ingeniero civil que estuvo casado tres años: “Intenté ser un buen marido, pero ella simplemente se aburrió de nuestra relación; en todo momento tuvo mi apoyo como pareja. No entiendo qué fue lo que paso”. Todavía confundido, Carlos no desea, por el momento, entablar una nueva relación.
Las mujeres -asegura el Dr. Ladaga- viven dos posiciones frente al hombre y ambas son gozosas: hacen de madres y de amantes. Y en esa combinatoria el hombre queda atrapado. Luego, es difícil encontrar sustitución. En el peor de los casos lo irreemplazable del otro se traduce, en el hombre, en impotencia sexual e incluso afectiva. Se junta con otras mujeres, las puede tener, pero le resulta imposible retomar el afecto, el cariño, el amor, desde una función creativa y saludable. Carlos pasa actualmente más tiempo en el trabajo y le resulta difícil salir de vacaciones. No sabe cuánto tiempo le llevará aceptar la pérdida de su pareja.
En este sentido, terapeutas señalan que la mujer se encuentra más provista cuando llega la separación porque durante el preludio concede créditos y el hombre consigue conquistarla para estirar el plazo. Para ellos también es una relación postergada, pero bajo la creencia de que ella va a tolerar, comprender y asumir. La mujer va preparándose en todas esas decepciones para la decepción final y va estimulando su deseo. Cuando llega la separación, se reconoce perdiendo, pero la decisión está madura. Al hombre siempre lo toma por sorpresa, aún sabiendo que no era ni el gran padre, ni el gran marido.
Si bien hombres y mujeres enfrentan de manera diferente el divorcio debido a su condición genérica, es probable que una de las reflexiones más importantes que podemos hacer se sustente en la madurez que el ser humano debiera desarrollar a lo largo de su vida para aceptar circunstancias y tomar decisiones. Resulta difícil pensar que un rompimiento tenga que darse tranquilamente pero, ¿por qué no? La vida no se detiene al romperse una relación y no podemos circunscribirla a la infelicidad. Nietzsche atribuía ésta al espíritu de venganza y la venganza es el odio del pasado, lo que no se puede modificar. El pasado adquiere otro significado cuando se acepta y se trasciende para volverlo prehistoria. Pero convertir en prehistoria aquello que no funciona o que nos hace infelices requiere de una nueva forma de vida que da inicio en el momento en que somos capaces de disfrutar la compañía de nuestra propia soledad.

Por: Rita Castro Gamboa.




 

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