"De mamá de niños a mamá de adolescentes"
En Investigación
(Edición 23)
Nunca pensé que llegaría el momento en que dejaría de ser la mamá que cargaba con pañalera, biberones, sonajas, frazaditas y carriola, pues al poco tiempo, estaba ayudando a mis pequeños con sus mochilas y corriendo todas las mañanas para preparar las loncheras.
Al ver que mis hijos volteaban sus hermosas caritas para mandarme un beso mientras se alejaban por el pasillo de la escuela, sentía que mi corazón se llenaba de un enorme gozo, a la vez que de una inexplicable tristeza, ya que era evidente que estaban creciendo.
Después nadie me dijo que en un abrir y cerrar de ojos se convertirían en dos jóvenes reclamando su autonomía y que por lo tanto, era necesario cambiar la manera de comunicarme con ellos. Darme cuenta no fue nada fácil pues duele decir adiós a toda esa época en la que cuidaba con esmero a mis pequeños en los momentos de enfermedad, de las caídas que dejaban las rodillas raspadas, de los ratos en que los abrazaba cuando sentían miedo y los protegía de sus fantasmas.
Todavía recuerdo cuando uno de mis hijos, ya adolescente, sacó de su cuarto todos los juguetes que lo habían acompañado durante años, y la tristeza que me dio cuando se negó a vestir su cama con el edredón de “Toy Story” que un día lo embelezó. Realmente me negaba a reconocer que de ese pequeño quedaba ya muy poco.
Nadie nos enseña cómo enfrentar el duelo por la pérdida del niño amado. Efectivamente es un duelo que es necesario enfrentar para poder asimilarlo y seguir adelante. Es importante hacer conciencia que si bien nuestros niños crecen, ganamos jóvenes que piden a gritos ser respetados, comprendidos y amados.
Yo había creído que los hijos eran algo así como un objeto de nuestra propiedad y no seres independientes que requieren de acompañamiento. Hoy en día pienso que en ello radica parte de la sabiduría como padres y madres. Cuando una es mamá de niños, los problemas son pequeños; pero conforme van pasando las diferentes etapas de la vida, los problemas crecen y debemos pensar en nuevas estrategias para no resquebrajar el vínculo y la comunicación. En este sentido reflexionemos:
- Nunca será lo mismo el regaño a un niño de 6 años que a un joven de 17.
- Nunca será lo mismo pedir a un pequeño que se coma la hamburguesa en la mesa del restaurante, que escuchar a un adolescente componer y descomponer el mundo en un café.
- Nunca será lo mismo secar las lágrimas que rodean las mejillas de un niño porque no recogió la cantidad suficiente de dulces, que consolar al joven que llora con vehemencia la ruptura de un noviazgo.
Cuando son pequeños a veces es suficiente con contarles un cuento por la noche y dormirlos en nuestro regazo para que sean felices. Pero una vez que se vuelven adolescentes es imprescindible brindarles nuestro apoyo y amor, así como escucharlos y, sobre todo, respetarlos. Quizá no tengamos la respuesta correcta para sus inquietudes, pero es necesario que las palabras salgan de lo más profundo de nosotras.
Ser mamá de adolescentes no es tan terrible como a veces se piensa. Por el contrario, es una valiosa oportunidad para recordar y reconocer a las adolescentes impetuosas que un día fuimos y que solemos olvidar con nuestros hijos e hijas.
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