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Reportajes
Obras son amores y no buenas razones.
En Reportajes (Edición 12)

Cada familia -como cada uno de los miembros que la componen- es diferente, única e irrepetible. Por tanto, no hay recetas válidas para todas. Cada grupo familiar enfrenta el reto de educar a partir de su propia situación, de sus condiciones de vida, de su historia y de su proyecto.
Las familias tienen costumbres y maneras de ser que han heredado y otras que han elegido conscientemente. Lo que al interior de nuestro grupo está prohibido o está permitido, debe ser adecuado a nuestra forma de vida, pero también a nuestros objetivos y aspiraciones como personas y como padres.
Son los padres quienes enseñan muchos de los elementos que conforman la cultura de cada sociedad, los cuales están presentes en el lenguaje, la forma de organizar la vida cotidiana, los modos de relacionarnos, los ritos con los que celebramos la vida y asumimos la muerte, las formas de trabajar y de producir, incluso las maneras de entender el mundo. Lo que consideramos bello, lo que nos parece útil, lo que creemos valioso. Las familias transmiten, conservan y transforman esta herencia.
De todas estas enseñanzas, quizá la más importante que ofrecemos a nuestros hijos es aquello que consideramos nuestro ideal de persona. Las actitudes, respuestas, conductas, modos de percibir, sentir y actuar que tenemos en alta estima, es decir, todo lo que nos hace mejores personas.
A diferencia de la escuela, los libros o los medios de difusión, que también tienen la función de educar, lo que se adquiere en familia tiene la característica de estar marcado por el afecto. El niño está pendiente de cualquier expresión de amor o rechazo de sus padres. Por eso lo que se aprende en la primera infancia deja una huella profunda. En algunos casos funda principios que nos serán útiles toda la vida; en otros, siembra prejuicios o actitudes difíciles de superar.
La familia educa cuando lo planea conscientemente y también cuando no se lo propone. Los niños aprenden de lo que decimos, pero también de lo que callamos. Y es que la educación más efectiva es la que se da con el ejemplo. Los niños aprenden más de lo que hacemos que de lo que decimos. Los educa observar cómo se tratan su papá y su mamá; qué tareas comparten y cuáles no; cómo se relacionan con sus propios padres y hermanos, con sus vecinos, con sus compañeros de trabajo. La forma en que muestran su afecto, expresan sus emociones, defienden sus derechos y asumen sus compromisos.
Educar a nuestros hijos nos compromete de manera integral. Si queremos ser buenos educadores, tenemos que aceptar la invitación que nos hacen nuestros hijos a ser coherentes con los valores que predicamos, a buscar la congruencia entre lo que pensamos, sentimos, decimos y hacemos.

Preguntas para reflexionar
1.-Piensa en tu hijo. Obsérvalo, recrea en tu mente cómo se ha ido desarrollando desde que era un bebé. Intenta especificar cómo es hoy, con sus características físicas, temperamento. Analiza su forma de relacionarse con los demás. Reconoce sus cualidades y sus retos, lo que se le facilita y lo que le cuesta trabajo. Descríbelo sin compararlo con nadie.
Ahora pregúntate: ¿En qué nos parecemos? ¿En qué somos diferentes? ¿Qué heredó de mí? ¿Qué ha aprendido de mí? ¿Cómo se lo enseñé? Haz esta reflexión sobre cada uno de tus hijos.

2.-Sopesa tus metas personales, laborales, sociales y familiares. Asígnale el orden de importancia que tienen para ti. Revisa tus actividades de un día cualquiera (podría ser lo que hiciste ayer).  Trata de relacionar cada actividad con tus prioridades.
¿Es proporcional el tiempo que le dedicas a cada actividad a la importancia que tiene para ti? ¿Qué lugar ocupa en tu vida la educación de tus hijos? Cuando estás con ellos, ¿qué comparten?, ¿qué actividades realizan juntos?
Uno de los retos más complejos del ser  humano, es equilibrar tiempo y prioridades.
Si tenemos pocas horas para la convivencia familiar, tratemos de que la calidad de ese encuentro compense su brevedad.

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