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Sopita para el alma
El Roble.
En Sopita para el alma (Edición 14)

En la plaza central del pueblo debían quitar un gran roble, un enorme árbol, que con el paso de los años se había convertido en un símbolo del lugar.
El roble se había enfermado de un extraño virus. Corría el riesgo de caerse y de contagiar a los árboles más cercanos. Ya se había hecho todo lo posible por salvarlo y la triste determinación de derribarlo provocaba en los vecinos una profunda sensación de impotencia.
No es fácil determinar la causa de un problema y no es el camino más agradable tomar la decisión de solucionarlo.
Los leñadores llegaron una mañana con sierras automáticas y hachas. Los vecinos se reunieron en la plaza para presenciar su caída. Suponían que los hombres empezarían a cortarlo por el tronco, en un lugar lo más pegado a la tierra posible. Pero en vez de eso, los hombres colocaron escaleras y comenzaron a podar las ramas más altas.
En ese orden, de arriba hacia abajo, cortaron desde las más pequeñas hasta las más grandes. Así, cuando terminaron con la copa del árbol, sólo quedaba el tronco, y en poco tiempo más, aquel poderoso roble yacía cuidadosamente cortado en el suelo.
El sol, ahora cubría el centro del parque, su sombra ya no existía, era como si no hubiera tardado medio siglo en crecer, como si nunca hubiera estado allí.
Los vecinos preguntaron por qué los hombres se habían tomado tanto tiempo y trabajo para derribarlo. El más experimentado leñador explicó: "Cortando el árbol cerca del suelo, antes de quitar las ramas, se vuelve incontrolable y en su caída puede quebrar los árboles más cercanos o producir otros destrozos. Es más fácil manejar un árbol cuanto más pequeño se le hace".

El árbol de la preocupación
El inmenso árbol de la preocupación, que tantos años ha crecido en cada uno de nosotros, puede manejarse mejor si se le hace lo más pequeño posible. Para lograrlo, es aconsejable podar, en principio, los pequeños obstáculos que nos impiden disfrutar de cada día y así ir quitando el temor de que en el intento de librarnos de éstos y mejorar, todo se derrumbe.
En ese orden, quitando desde el comienzo los pequeños problemas podemos gradualmente ir llegando al tronco principal de nuestras preocupaciones.
Tal como indica la palabra. Reconocer nuestros errores y tener el valor para enfrentarlos, establecer las prioridades y los objetivos en la vida, y sobre todo mantener una verdadera determinación para librarnos poco a poco de todo el peso que nos impide trabajar, crecer, disfrutar y vivir, transformando nuestras ansiedades, miedos y preocupaciones en coraje, esperanza y fe.




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